8 de septiembre de 2013

Tu est mon amour, ma petite princesse

Después de un largo paseo, la vio al final del embarcadero. Su larga melena pelirroja ondeaba al viento. Daba la sensación de que en cualquier momento iba a echar a volar. Se encontraba de espaldas a él, pero sabía con seguridad que tendría los ojos cerrados. Le había dicho mil veces que el sonido de las olas le relajaba y él no lo había olvidado. Por ello había elegido ese sitio para celebrar su primer aniversario juntos.

Era demasiado feliz... Tanto que tenía la sensación de que en cualquier momento iba a explotar. Él último año junto a ella había sido simplemente maravilloso. Le encantaba todo de ella. Sus preciosos ojos color miel, su hoyuelo en la barbilla cuando sonreía, sus ataques de locura que acababan siempre con ellos dos saltando sobre la cama y la paz que irradiaba cuando dormía a su lado.

Contagiaba la alegría a cualquiera. No creía que hubiera nadie más en el mundo tan especial como ella y se había dado cuenta de que le quería como no había querido nunca a nadie. No se lo había dicho, pero estaba preparado para decírselo hoy. Era una necesidad que ella supiera que no podía vivir sin estar a su lado, que cada día se despertaba pensando en ella y que no imaginaba un mundo en el que no estuvieran juntos.
Rezaba para que ella sintiera lo mismo y le correspondiera hasta el fin de sus días.
Siguió mirándola mientras avanzaba por el paseo de madera rodeado de yates y pequeñas embarcaciones. Soñaba con tener una y llevar a su preciosa chica a surcar los mares. Los dos solos, rodeados de la inmensidad del océano con ninguna preocupación excepto quererse hasta morir.


Ella no supo que él había llegado hasta que la abrazó por la espalda. Su pelo olía vainilla y su piel al perfume que le regaló por su cumpleaños. Era adictivo. Le acarició la mejilla con ternura, restregó su naricilla por su largo cuello y le susurró al oído:

- Ya estoy aquí. Ahora y para siempre. Te quiero, mi ángel.

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